Habían fusilado la historia
y de sus múltiples orificios
brotaron chorros de memoria
que se reorganizaron aleatoriamente en un collage
esquizofrénico y onírico.
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Cuando nací, en mil novecientos sesenta y tres,
ellos ya habían desenterrado a sus muertos
para darles santa sepultura,
les habían nombrado mártires de su cruzada
y les habían dignificado con el paraíso.
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Los libros de historia, de ciencias, de literatura,
estaban repletos de silencios,
de palabras vacías,
de poemas sin vida,
de heridas sin vendaje,
de experimentos sin hipótesis,
y leyendas del Cid Campeador.
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Dos años antes habían liberado al poeta Marcos Ana
y se había exiliado en busca de verdaderos versos,
de significados reales,
de memorias vivas, de tiempo.
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Años después, cuando me enfrenté a mi primera comunión,
confesé haber mentido en repetidas ocasiones,
porque en la boca de los niños ya no estaba la verdad,
tampoco en la de los confesores,
ni en la de los jueces,
ni siquiera en la de los maestros.
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Habían asesinado a los maestros
porque se atrevieron a descolgar los crucifijos
y desde entonces el deseo era inaccesible
a minusválidos, niños y poetas.
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Sin embargo nunca me arrepentí de haberme masturbado,
en pensamiento, palabra, obra
y en repetidas emisiones.
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Habían fusilado la historia
y en medio de la pólvora se oyó una voz que gritaba
“¡Santiago y cierra España!”
El tal Santiago era, al parecer, un contemporáneo de Cristo en Palestina,
pero que quince siglos después masacró a los moros del Califato de Córdoba,
y se retiró caminando a morir a Galicia.
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Al parecer aún hoy en día hay peregrinos
que viven una “experiencia mística”
cuando recorren su camino,
permitidme que me rasque el ombligo.
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Habían fusilado la historia
y a muchos viejos les habían encerrado en manicomios,
en casas de reposo,
o en asilos,
al cuidado de abnegadas monjas,
para que dejaran de contarnos sus “batallitas”.
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Habían fusilado la historia,
nos dijeron que la guerra había sido civil,
que todos éramos hermanos,
que había que olvidar y perdonar,
que los reyes eran católicos
y que no era cierto que el hombre hubiera llegado a la Luna,
todo había sido un montaje judeo- masón
para desacreditar las enseñanzas del sagrado Antiguo Testamento.
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Llegó la democracia
y algunos viejos empezaron a hablar sin tapujos,
a manifestarse tal como eran,
a reivindicar la dignidad de sus muertos,
a investigar los crímenes del pasado.
¡Algunos osaron cagarse en dios!.
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Mi primer recuerdo de Madrid,
Lola Gaos proclamando “Yo no olvido, ni perdono”,
no con su voz ronca y enérgica,
sino con su viejo corazón.
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Pero hete aquí que una vez más la maldición divina
cayó sobre esta nueva Sodoma memorística.
Una nueva plaga se cernió sobre nuestros recuerdos,
la llamaron Alzheimer,
encerraron de nuevo a los viejos en residencias,
e inhabilitaron al juez que quiso erigirse competente para dignificarlos.
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Habían fusilado la historia,
y setenta años después
siguen brotando mordazas de silencio
por sus múltiples orificios,
por sus ensangrentadas esperanzas,
por su futuro en crisis.
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Ya no me importa tanto que los rehabiliten,
ni siquiera que les den digna sepultura,
pero al menos
dejad que les dedique este poema
a todos los viejos que lucharon y perdieron,
que perdieron a sus hijos, padres y hermanos,
que perdieron su identidad, sus raíces, sus recuerdos.
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Y a pesar de todo siguen siendo versos verdaderos,
siguen siendo libres.
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g.bruno 2010
QUERIDO PEDRO, LEO CON MUCHA ATENCIÓN TU BLOG AUNQUE NUNCA ESCRIBO NINGÚN COMENTARIO. ACABO DE LEER TU POESÍA “HABÍAN FUSI-
LADO LA HISTORIA ” ME HA GUSTADO MUCHO, CREO QUE DE UNA MANERA
SENCILLA, CLARA , RELATAS LA ESENCIA DE ESTE TIEMPO DE NUESTRA HISTORIA QUE, SOBRE TODO A LOS QUE TENEMOS MÁS EDAD, NOS CONTARON DE UNA MANERA TORTICERA INTERESADEMANTE, MUCHOS HEMOS LOGRA-
DO DESCUBRIRLO, PERO TODAVÍA QUEDA MUCHO TRABAJO POR HACER.
GRACIAS POR TU ESTUPENDO TRABAJO.